
He notado una costumbre curiosa entre quienes visitan Alberta por primera vez: casi todos llegan con una lista, Banff, Lake Louise, el Icefields Parkway, Moraine Lake, y van tachando nombres como quien cumple una promesa hecha hace mucho tiempo. Se detienen en los miradores, esperan el momento en que las nubes se apartan de las montañas, y guardan en el teléfono fotografías que probablemente volverán a mirar muchas veces. Es difícil no hacerlo; las Rocosas tienen una belleza que obliga a guardar silencio.
Pero siempre me ha llamado la atención lo que ocurre cuando termina ese recorrido: muchos dan media vuelta, regresan al aeropuerto convencidos de haber conocido Alberta, y sin saberlo, se llevan apenas una parte de la historia. Porque hay un momento, casi imperceptible, en el que la provincia cambia de conversación, cuando las montañas empiezan a perder altura en el espejo retrovisor y el paisaje se abre como si alguien hubiera retirado las paredes de una habitación. Aparecen las praderas, el cielo crece, las carreteras parecen no terminar nunca, y uno descubre que Alberta también sabe hablar en voz baja.
En esos kilómetros ya no hay turistas caminando de un mirador a otro. Hay agricultores revisando un cultivo antes de que el calor apriete, camioneros cruzando la provincia con mercancías que mañana estarán en alguna tienda de Canadá, y pequeños restaurantes donde el café nunca deja de servirse y una conversación puede durar más que el desayuno. Es una Alberta distinta, que no necesita sorprender, le basta con ser ella misma.
Quizás por eso las personas que deciden quedarse empiezan a cambiar de recuerdos. Al principio muestran fotografías de montañas; con el tiempo hablan de un vecino que apareció con una pala tras una tormenta de nieve, del pan recién horneado en un pequeño pueblo, del río Bow al final de una tarde tranquila. Las imágenes que atraen al mundo hacia Alberta casi siempre son paisajes, pero las historias que hacen regresar a la gente casi nunca lo son.
Tal vez ahí esté el secreto de esta provincia: las Montañas Rocosas son una bienvenida extraordinaria, pero Alberta empieza a revelar su verdadera personalidad cuando el viaje continúa, dejando en quienes se quedan la sensación de haber encontrado un lugar que nunca prometió cambiarles la vida, y terminó haciéndolo sin decir una sola palabra.





