
El Paris Saint-Germain ha vuelto a tocar el cielo europeo. En una final dramática e inolvidable disputada en el Puskás Aréna de Budapest, el conjunto dirigido por Luis Enrique se consagró campeón de la UEFA Champions League por segundo año consecutivo tras derrotar al Arsenal en una agónica tanda de penaltis (4-3), luego de empatar 1-1 en el tiempo reglamentario y la prórroga.
El partido comenzó con un guion de pesadilla para los parisinos. Apenas a los cinco minutos de juego, el alemán Kai Havertz aprovechó una asistencia brillante de Leandro Trossard para batir al guardameta Matvey Safonov con un zurdazo inapelable, desatando la locura en la facción londinense.
Con el marcador en contra, el PSG asumió el control absoluto de la posesión (72%) y asedió el área de un Arsenal replegado que resistió gracias a las intervenciones de David Raya. La recompensa francesa llegó en el minuto 64, cuando Ousmane Dembélé transformó con éxito un penalti provocado por Khvicha Kvaratskhelia, devolviendo las tablas al marcador y estirando el suspenso hasta el tiempo extra.
El drama desde los once metros
Tras una prórroga de alta tensión y desgaste físico donde ninguno pudo romper el cerrojo, el nuevo rey de Europa se tuvo que decidir desde el punto blanco. La tanda estuvo cargada de emociones cruzadas: Gonçalo Ramos y Désiré Doué anotaron para el PSG, mientras que el sueco Viktor Gyökeres marcó para los Gunners. El drama aumentó cuando Eberechi Eze erró su disparo para el Arsenal enviándolo fuera, y acto seguido, David Raya avivó las esperanzas inglesas al detener el remate de Nuno Mendes.
Con la serie empatada tras los aciertos posteriores de Declan Rice, Achraf Hakimi y Gabriel Martinelli, el defensor brasileño Lucas Beraldo asumió la responsabilidad del quinto cobro parisino y anotó con total frialdad. La presión final recayó sobre los hombros de Gabriel Magalhães, quien en un intento por forzar la muerte súbita terminó enviando el balón por encima del travesaño. El fallo desató la euforia de la plantilla francesa, dejando al Arsenal de Mikel Arteta con las manos vacías y con el sinsabor de rozar su primera «Orejona».






