
El Ejército de Liberación Nacional (ELN), la última guerrilla activa de Colombia, ha enviado un mensaje dual al nuevo gobierno del presidente Gustavo Petro. En un reciente pronunciamiento, el comando central de la organización armada manifestó su plena disposición para retomar las mesas de diálogo y buscar una salida negociada al conflicto que ha desangrado al país por más de seis décadas. Sin embargo, de forma paralela, la dirección insurgente advirtió que su estructura está preparada para resistir cualquier intento de ofensiva militar por parte del Estado.
Esta postura refleja la compleja naturaleza de un grupo que ha sobrevivido a decenas de estrategias de contrainsurgencia bajo distintas administraciones. Para el ELN, la llegada de un mandatario de izquierda representa una oportunidad histórica para abordar las causas estructurales de la violencia, como la desigualdad social, la exclusión política y la reforma agraria. No obstante, el grupo enfatizó que la paz no se logrará mediante la exigencia de una rendición incondicional, sino a través de transformaciones profundas en el modelo económico y social del país.
«Estamos dispuestos a sentarnos a la mesa, pero que nadie se equivoque: nuestra capacidad de resistencia y adaptabilidad en los territorios sigue intacta», afirmaron fuentes cercanas a la comandancia.
Los desafíos de la «Paz Total»
El gran reto para la administración de Petro radica en cómo equilibrar los incentivos políticos con la presión militar. El gobierno ha propuesto una política de «Paz Total» que busca desmovilizar a múltiples actores armados simultáneamente. No obstante, analistas locales advierten que el ELN cuenta con una estructura federada y una fuerte presencia en zonas fronterizas y de economías ilícitas, lo que les otorga una alta resiliencia financiera y operativa.
El camino hacia un cese al fuego bilateral definitivo se vislumbra largo y tortuoso. Mientras la sociedad civil clama por un alivio humanitario inmediato en las regiones más afectadas, el ELN insiste en que las armas solo se dejarán cuando existan garantías reales de cambio. El balón está ahora en la cancha diplomática, donde la voluntad política se medirá con hechos y no con discursos.






