
La reciente encuesta que sitúa a Iván Cepeda y Abelardo de la Espriella liderando la intención de voto presidencial dice tanto sobre el estado de la opinión pública como sobre las limitaciones de medir una elección cuando el reloj electoral apenas comienza a correr. Más que una predicción sólida, el sondeo parece una fotografía borrosa de un país cansado, polarizado y ávido de relatos simples.
Que Cepeda encabece la medición no sorprende. Representa la continuidad simbólica de un proyecto político que aún conserva base electoral, identidad ideológica y maquinaria discursiva. Pero confundir ese liderazgo temprano con una ventaja estructural es arriesgado. Cepeda carga con los costos del poder, con la defensa de un gobierno evaluado día a día por resultados concretos, no por promesas. La encuesta mide reconocimiento y afinidad ideológica; no mide desgaste, gestión ni capacidad de ampliar su base más allá del electorado fiel.
Más llamativo es el ascenso de Abelardo de la Espriella. Su crecimiento refleja menos una adhesión programática que un voto de protesta, una reacción emocional frente a la inseguridad, la frustración económica y el rechazo al sistema político tradicional. La encuesta parece premiar el tono confrontacional, no la viabilidad de un proyecto de país. Convertir indignación en intención de voto es fácil; convertirla en gobernabilidad es otra historia.
Aquí aparece el primer problema: las encuestas tempranas no ordenan el debate, lo simplifican. Presentan la contienda como un duelo binario entre “izquierda” y “antagonismo al poder”, dejando fuera matices, propuestas y liderazgos alternativos que aún no entran en el radar mediático. El resultado es una narrativa que empuja a la polarización antes de que exista una discusión seria sobre soluciones.
También es legítimo preguntarse qué mide realmente este tipo de sondeos. ¿Preferencia informada o reacción visceral? ¿Proyecto político o personaje mediático? Cuando el porcentaje de indecisos sigue siendo alto, vender titulares contundentes es, como mínimo, apresurado.
La encuesta no es irrelevante, pero tampoco es un veredicto. Es un síntoma: Colombia vota hoy más por cansancio y rabia que por convicción. Si la política se limita a leer estas cifras como destino inevitable, el país corre el riesgo de repetir una campaña dominada por extremos, eslóganes y miedos, mientras las soluciones reales vuelven a quedar fuera del debate.
Más que celebrar liderazgos tempranos, convendría preguntarse qué dice esta encuesta sobre lo poco que la política ha logrado ofrecerle a la ciudadanía. Y esa, quizás, es la crítica más dura de todas.






