
Las cifras son escalofriantes y deberían sacudir la conciencia del mundo: al menos 538 personas muertas en protestas mientras el régimen de Irán se dedica a advertir a Estados Unidos que no se atreva a intervenir. La prioridad de Teherán no es su pueblo, no es la vida, no es la justicia: es la supervivencia del poder a cualquier costo.
En lugar de responder a las demandas legítimas de una sociedad cansada de la represión, la pobreza y la falta de libertades, el régimen ha optado por el camino más brutal: balas, detenciones, tortura y silencio forzado. Las calles se han convertido en campos de batalla y los ciudadanos en enemigos internos. Es la vieja receta de los autoritarismos: cuando la legitimidad se agota, entra la violencia.
La advertencia a Washington suena menos a defensa de la soberanía y más a cortina de humo. Mientras el mundo mira hacia afuera, Irán reprime hacia adentro. El régimen sabe que una intervención extranjera le serviría como oxígeno político, como excusa perfecta para envolver su fracaso en la bandera del nacionalismo. Pero no nos engañemos: el verdadero conflicto está entre el poder y su gente.
538 muertos no son “excesos”. Son política de Estado. Son el resultado de un sistema que considera la disidencia un crimen y la crítica una traición. Un sistema que teme más a sus jóvenes, a sus mujeres y a sus trabajadores que a cualquier enemigo externo. Porque ellos sí pueden derribarlo.
El mundo tampoco sale bien parado. Las condenas tibias, los comunicados diplomáticos y las sanciones simbólicas no detienen balas. La comunidad internacional lleva años administrando la crisis iraní en lugar de enfrentarla. Y cada día de cálculo político es un día más de impunidad.
Irán no está al borde del abismo por culpa de Estados Unidos, ni de Europa, ni de conspiraciones externas. Está al borde porque su régimen decidió disparar contra su propio pueblo. Y eso, en cualquier país, en cualquier cultura, en cualquier época, tiene un solo nombre: tiranía.






