
Irán lanzó una dura advertencia a Estados Unidos para que no emprenda ataques militares contra su territorio, en un momento de máxima tensión interna y externa, mientras organizaciones de derechos humanos y activistas aseguran que el número de muertes en las protestas ha alcanzado al menos 538 personas. El doble frente —presión internacional y estallido social— coloca al régimen en una posición cada vez más frágil.
La advertencia de Teherán se produce en un contexto de crecientes rumores sobre posibles acciones de Washington en respuesta a la represión interna y a la escalada regional. Voceros del gobierno iraní calificaron cualquier intervención como una “provocación grave” y prometieron “consecuencias severas”, reforzando la narrativa de soberanía y resistencia que el régimen ha utilizado históricamente para cohesionar a sus bases.
Mientras tanto, en las calles, la situación sigue deteriorándose. Activistas y organizaciones internacionales denuncian que las fuerzas de seguridad han respondido con uso letal de la fuerza, detenciones masivas y desapariciones temporales. El número de 538 fallecidos —que podría ser mayor debido a las restricciones informativas— refleja la magnitud de la represión y el nivel de confrontación entre la ciudadanía y el aparato estatal.
Las protestas en Irán , que comenzaron por demandas sociales y económicas, han derivado en reclamos políticos directos contra el liderazgo supremo y el sistema de poder. En respuesta, el gobierno ha endurecido el control de internet, restringido medios y reforzado la presencia militar en puntos estratégicos, alimentando aún más la indignación popular.
En Washington, la Casa Blanca ha mantenido una postura cautelosa, combinando condenas diplomáticas, sanciones selectivas y llamados a la moderación. Sin embargo, la advertencia iraní sugiere que Teherán percibe un riesgo real de escalada, o al menos busca disuadir cualquier movimiento que pueda fortalecer a la oposición interna.
El escenario es volátil. Si la represión continúa y las cifras de víctimas siguen aumentando, la presión internacional se intensificará. Pero una intervención externa directa podría consolidar al régimen bajo el discurso nacionalista. Irán parece atrapado entre dos fuegos: una calle que ya no tiene miedo y un mundo que observa con creciente inquietud.






