
El mundo ya no es el que Canadá conocía. El orden internacional basado en reglas, el multilateralismo predecible y la diplomacia tranquila que durante décadas favorecieron a Ottawa se están resquebrajando. Hoy el planeta vive una fragmentación abierta: bloques enfrentados, guerras regionales, nacionalismos económicos y una creciente lógica de “cada uno por sí mismo”. En ese escenario, la pregunta es inevitable: ¿dónde queda Canadá?
Durante años, el país se benefició de un sistema global relativamente estable. Su cercanía con Estados Unidos, su reputación como mediador y su perfil bajo le permitieron prosperar sin grandes sobresaltos. Pero ese mundo se terminó. Washington es más impredecible, Europa está absorbida por sus propias crisis y potencias como China, Rusia e Irán desafían abiertamente el statu quo. El tablero se volvió duro, y Canadá no siempre parece preparado para jugar en él.
En lo económico, la dependencia de Estados Unidos sigue siendo abrumadora. Más del 70 % de las exportaciones canadienses van al sur de la frontera. En un contexto de proteccionismo, guerras comerciales y relocalización de cadenas productivas, esa dependencia es una vulnerabilidad estratégica, no una ventaja. Canadá necesita diversificar, pero avanza lento.
En lo geopolítico, Ottawa quiere ser visto como defensor de derechos humanos y del orden internacional, pero carece de peso real para imponer costos. Condena, declara, firma comunicados… mientras otros actúan. La brecha entre el discurso moral y la capacidad de influencia es cada vez más evidente.
En seguridad, Canadá sigue bajo el paraguas de la OTAN y de Estados Unidos, pero su inversión militar es limitada y su capacidad de disuasión, modesta. En un mundo más agresivo, donde la fuerza vuelve a importar, eso lo deja en posición incómoda: dependiente y reactivo.
El nuevo mundo fracturado no premia la ambigüedad. Premia la claridad estratégica. Y Canadá aún no define con nitidez qué quiere ser: ¿un socio confiable pero pasivo? ¿Un actor medio con ambición? ¿Un simple acompañante de Washington?
La historia demuestra que los países que no eligen, son elegidos por otros. Canadá está a tiempo de redefinir su rol: invertir en defensa, diversificar su economía, fortalecer alianzas más allá de EE. UU. y asumir que la neutralidad cómoda ya no existe.
Porque en este mundo roto, quedarse en la orilla también es una forma de perder.






