
La intervención de Donald Trump en el Foro Económico Mundial de Davos volvió a dejar claro que la relación entre Estados Unidos y Canadá atraviesa un momento de fricción abierta. El presidente estadounidense, fiel a su estilo confrontacional, criticó al primer ministro canadiense Mark Carney y afirmó que Canadá “debería estar agradecido” por los beneficios que, según él, obtiene de su cercanía económica y estratégica con Washington. Más allá del titular provocador, el cruce revela dos visiones profundamente distintas sobre el papel del Estado, el comercio internacional y la soberanía nacional.
Trump habla desde una lógica transaccional. Para él, la política exterior se mide en términos de ganadores y perdedores, de balanzas comerciales y de ventajas inmediatas. En ese marco, Canadá aparece como un socio que, a ojos de la Casa Blanca, se beneficia del acceso preferencial al mercado estadounidense, de la cooperación en seguridad y de una histórica red de acuerdos que, según Trump, ya no reflejan el “interés nacional” de Estados Unidos. Su mensaje en Davos no fue solo para Carney, sino para la comunidad internacional: Washington ya no está dispuesto a sostener alianzas que considere desequilibradas.
Mark Carney, en cambio, representa una visión más institucional y multilateral. Su discurso se apoya en la defensa del libre comercio regulado, la cooperación climática y la estabilidad financiera global. Desde esa perspectiva, Canadá no “debe” gratitud, sino que participa como socio en una relación de beneficios mutuos construida durante décadas. Para Carney, reducir el vínculo bilateral a una cuenta de cobros y favores ignora la interdependencia real entre ambas economías y el valor estratégico de una alianza predecible.
El choque en Davos expone algo más profundo que una diferencia personal. Trump capitaliza el discurso de la presión y el nacionalismo económico, consciente de que ese tono conecta con su base política. Carney, por su parte, apuesta por la diplomacia técnica y el consenso internacional, incluso a riesgo de parecer distante frente a la retórica dura de Washington.
En última instancia, la pregunta no es quién debería estar “agradecido”, sino qué tipo de relación quieren construir ambos países. Una basada en reproches públicos y presión unilateral, o una que reconozca que, pese a las tensiones, Estados Unidos y Canadá siguen siendo vecinos condenados —y beneficiados— a entenderse.






